Tiene que ser genial mantener siempre la calma.

Tomar las decisiones correctas.

La perfección.

El súmmun.

Imaginar que nunca volverán a hacerte daño. Despertarte cada mañana en una rutina que te llena de éxito, plenitud. Que un chasquido de dedos te traiga el decálogo de las buenas ideas. Vivir rodeado de gente de paz, de bien, honrada y amorosa. El éxtasis del imaginarium a tu merced… No dudo en que algún día seremos capaces de sacarnos de nuestra empírica falta de tacto y regodearnos las 24 horas del ciclo en algo que tiene pinta de parecerse al Paraíso de Eva, tomando el sol, y Adán sin borrachera. Pero ahora, sólo por hoy, hay que tomarle a todo eso la delantera.

El otro día paseaba por las estanterías de una conocida librería. Los títulos me hicieron flotar a dos palmos del suelo: “El arte de no amargarse la vida”“El diario de la gratitud”“Audaz, productivo y feliz”“Tu idea, mola”… ¿Bello, verdad? Es fácil amar frases como ésas… Es cierto que hay momentos para prometernos algo así a nosotros mismos, pero se nos escapa un detalle importante. Quizás el detalle más importante. El que al final hace que tiremos la toalla o no nos creamos de la misa la media.

Ese detalle está en “el buenismo”. En la otra cara de la moneda que intenta solapar todo el feísmo que h

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emos creado. Tanto tiempo, tantos siglos o tantos años. No está de más ser positivos porque estamos muy faltitos de algo así. Pero, al no tener ni idea de cómo gestionarlo, llenamos nuestras redes de unicornios y duendes que quizás se alejan un poco del rutinario que no siempre es del color que nos molaría. Que hay días rosas, sí. Como los hay verdes, rojos o terracotas. Igual que marrones, grises… Y algunos tan negros que da hasta miedo cruzar el umbral para salir a la calle. Por mucho que cojas tu brocha de alegría, esos días están ahí. No me los estoy inventando. Triturar su existencia es negarte la opción de un reto que es también interesante, pero exige bajarse de la nube del subidón un rato.

La transformación personal de uno no se produce por desear a manos llenas que todo sea celebérrimo. Aquellos más sabios que he conocido o a quienes he leído tuvieron episodios en su vida bastante miserables. Y no pudieron sobrellevarlo mejor: sufrieron, se llenaron de ira, pecaron de tristeza e incluso llegaron a pensar en lo peor.

Nacemos llenos de contrastes. Como existen, hay que dejarse seducir por cada uno de ellos. Y aunque una actitud optimista es vital para poder sentirnos libres, negar la opción de una buena llantina, por ejemplo, es quitarnos un pedacito de nosotros mismos que ayuda mucho más de lo que imaginamos. El deber de ser feliz que nos estamos creando está llevando al éxodo algunas cosasConvertirte en más fuerte y más optimista no implica negar la evidencia de que somos humanos. Hay momentos en que el histórico nos lanza hacia la negatividad, la ansiedad o estar un poco más cascarrabias de la cuenta.

¿Y eso es malo? No. Es natural.

Es más, diría que es connatural a nuestra especie, nuestra sociedad y hasta nuestros biorritmos.

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Yo tengo días malos. Abominables. Y, oye: sigo viva. Muy viva. Contando con la fe de cosas extraordinarias. Soñando lo imposible sin llevarme mal con lo que no brilla. Porque, como dice aquella canción de Manu Chao: “no todo lo que es oro, brilla”.

Es genial creer en los milagros. Es magnífico saber que cada día más personas nos volcamos en ser más intuitivas, más compasivas, más claras en lo que decimos y menos dramáticas en nuestras reacciones.

Sentirnos radiantes no es un deber, es un proceso. Ser optimistas, también.

No comer perdices como en el cuento no nos hace fracasar: nos hace más humanos. El éxito no abunda en las macro historias, sino en los micro cosmos de cada uno de nosotros. El equilibrio es el reto. Y no cegarse en caer en las manos de cualquiera de los polos opuestos, la maestría.

Ser feliz no es un deber.

Deber es un verbo muy austero, muy nazi.

Poco práctico.

Poco feliz.

Ser feliz es un derecho.

Se escriba en renglones torcidos o no…